Yoga, contextos ignorados y otros paternalismos
- Salma Halifa Elidrissi
- 30 jul
- 5 Min. de lectura
Salma Halifa Elidrissi
Inhala. Exhala.
Deja que el aire fluya. Suelta todo lo que te pesa.
Inhala. Exhala.
¿El bienestar llega si respiras bien? ¿Si te tumbas, si colocas la espalda recta, si conectas con tu centro, el dolor se disuelve?
Es posible. Lo creo. Hay cuerpos a los que el silencio les sana, cuerpos que pueden cerrar los ojos sin miedo, cuerpos que pueden entregarse a la inmovilidad sin que esta les despierte otra cosa que no sea descanso.
Pero hay otros cuerpos que no. Cuerpos que han respirado profundo toda la vida y no han conseguido soltar nada. Cuerpos tensos por haber aprendido demasiado pronto que el mundo se atraviesa con los dientes apretados. Cuerpos que no necesitan conectar con su centro, sino con un afuera que nunca les ha dado espacio. Porque el problema no es la respiración: es el contexto que no les permite hablar. Es el gesto condescendiente que llega antes que la pregunta. Es la lógica de quien cree que el dolor ajeno se puede aliviar desde el molde propio.
Inhala. Exhala. Y ahora sí, hablemos.

En Melilla, esa ciudad donde África y Europa se rozan sin tocarse del todo, se ofrecen talleres de yoga para mujeres en situación de vulnerabilidad. Una etiqueta que, dicha así, parece neutra, técnica. Pero que en realidad suele ocultar más de lo que muestra. Porque casi siempre se refiere a mujeres rifeñas: hablantes de una lengua minorizada, atravesadas por historias coloniales no cerradas, por cuerpos vigilados, exotizados o ignorados, por violencias machistas ejercidas dentro del hogar, por hombres que creen que su palabra vale más, que tienen derecho a imponer, a controlar, a castigar; por discursos que siguen repitiendo que callar es virtud y aguantar es deber. No son vulnerables por naturaleza: han sido situadas ahí, entre múltiples formas de violencia que se cruzan, se refuerzan y, a menudo, se heredan.
De estos talleres me enteré hace poco, durante una entrevista académica. En el transcurso de la conversación abordamos muchos temas, y este surgió de forma fugaz, casi de paso, pero bastó para que la entrevistadora señalara lo insólito de la situación, y sinceramente, yo me uní sin mucho rodeo: ¿yoga? ¿en serio? El eco de esas preguntas me persiguió, y como suelo hacer cuando los fantasmas de las incógnitas van tras de mí, me decidí a escribir este artículo.
No fue fácil. Dudé mucho. Dudé incluso de la necesidad misma de este texto. Pensaba: ¿y si estoy exagerando? ¿Y si estoy leyendo demasiado? ¿Y si estoy proyectando un conflicto donde solo hay cuidado?
Es que la imagen era impecable: calma, esterillas, cuidados. Todo en su sitio. El incienso flotando en el aire, las respiraciones guiadas, los cuerpos alineados como si alguien —por fin— estuviera cuidando de ellas.
Pero algo no terminaba de cuadrarme, mi ceja derecha —sí, la del piercing— se elevaba tras cada cuestionamiento. Al final, una aprende a fiarse de esas punzadas. A entender que la incomodidad también es una forma de saber. Que mirar un poco más despacio, a veces, te hace entender que lo importante no es la iniciativa en sí, sino su encuadre. Que ya no me importa si “soy una exagerada”, porque como dijo Audre Lorde, “cuidarse a una misma no es autoindulgencia, es autopreservación, y eso es un acto de guerra política” y en ese ‘cuidarse’— incluyo un cuidar(nos)—.
Porque hay algo que se repite, incluso cuando se hace con la mejor de las intenciones: la tendencia a decidir por otras lo que necesitan. A encajar sus dolores en marcos ajenos, suavizados, bien diseñados, pero ajenos al fin y al cabo. Se habla de acompañamiento, pero muchas veces lo que hay es dirección con tono dulce.
A veces me pregunto si no hay una forma muy moderna de paternalismo que consiste en no escuchar, pero hacerlo amablemente. En definir la vulnerabilidad desde fuera, imaginar la sanación desde un despacho, y repartir talleres como quien reparte mantas térmicas: sin saber si alguien tiene frío, si está ardiendo por dentro, o si lo que necesita —de verdad— es que le devuelvan el calor de su propia voz. Porque esto no va de yoga. Esto va de esa lógica — invisible pero constante— que asume que ya sabemos lo que las mujeres necesitan. Que se les ofrece un taller con el deseo de ayudar, sí, pero sin detenerse a las preguntas más simples: ¿qué necesitas tú? ¿Qué te haría bien? Así, en singular.
Desde hace tiempo, muchas teóricas feministas racializadas —como la ya mencionada Audre Lorde o Bell Hooks— han señalado cómo el autocuidado fue despojado de su raíz política para convertirse en un producto neutro, incluso higienizado. Ese cuidado se estandariza, se convierte en un protocolo que se reparte por igual sin considerar biografías, lenguas, miedos, cuerpos ni trayectorias migrantes. ¿Y si respirar profundo no sirve cuando ni siquiera puedes hablar tu idioma en el hospital sin que te miren raro? ¿Y si la ansiedad no se manifiesta igual en quien ha vivido persecución, duelo y fronteras? La antropología médica —con autoras como Nancy Scheper-Hughes o Arthur Kleinman— nos ha advertido de esto: la salud mental también está atravesada por códigos culturales, y no reconocerlo es otra forma de violencia simbólica.
Pero volvamos al taller. No dudo que algunas mujeres lo disfrutaran. Lo que cuestiono no es el yoga, es el molde que lo convierte en respuesta universal. Es la lógica ONG-izada del empoderamiento, donde se da por hecho que el bienestar puede programarse desde arriba, como si fuera exportable, medible y financiable.
Lo que estas mujeres necesitan, quizás, no lo sabemos nosotras. Porque no son una sola mujer. Porque no siempre quieren hablar. Porque a veces quieren cocinar en silencio. O bailar. O simplemente poder gritar sin ser juzgadas. Tal vez su idea de cuidado no pase por la esterilla, sino por tener un espacio donde hablar su(s) lengua(s) sin vergüenza, parir sin violencia obstétrica, criar sin ser señaladas. Y a lo mejor no quieren nada. A lo mejor solo quieren decidir cuándo sí y cuándo no.
Porque el problema no es que haya talleres, es que los fondos llegan antes que las preguntas. ¿Te imaginas un espacio donde el primer taller sea solo para mapear necesidades? Dónde no haya programa, solo una pregunta: “¿Qué harías tú con este lugar y este tiempo”? ¿Dónde haya té, cojines, y nadie te corrija la pronunciación? Ese sería el comienzo de otra política del cuidado. No sé si más eficaz, pero sí más digna.
Así que inhala. Exhala.
Y recuerda: escuchar también es una técnica de respiración. Exige silencio, presencia, y disposición a lo que no encaja en nuestros esquemas.
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