RISKY

SOBRE LA PRÁCTICA DEL RISKY O COMO ABDOULAH Y TANTOS NIÑOS HARRAGAS EN MELILLA RETAN AL PELIGRO.

Y PIERDEN

Los niños no deben arriesgar la vida para poder aspirar a vivir mejor.

Los niños no deben morir.

Pero ha muerto un niño.

Lo ha aplastado la única rendija de la ratonera que habitaba.

Y vivir en una ratonera, no es vivir.

Foto: Ana G.


Abdoulah tenía 16 años y migraba solo. Ese detalle hace que una siglas sin sabor a infancia, M.E.N.A., devoren, en un juego sucio del lenguaje, su historia, su nombre y cualquier atisbo de empatía comparable con la que generan otros niños, europeos y blancos que, desaparecidos o accidentados, acaparan una inmensa atención mediática durante meses.


Alguien le pronuncia como “MENA” y de repente, se vuelven progresivamente borrosos sus andares preadolescentes, el diente torcido que hace reconocible su sonrisa, la identidad del niño de Agadir, huérfano de madre, hijo de la esperanza, que hace menos de dos meses llenó de todo el aire que pudo sus pulmones para saltar al agua que de Beni Enzar y nadar sin tregua hasta Melilla, que es España.


España, que es Europa.


Europa que se busca sin encontrarse en los espejos modernistas de Melilla, una ciudad que en apenas 12 kilómetros y 4 fronteras atrapa legalmente a las personas en movimiento. Sin prisa.


De hecho, si Melilla fuera Europa, algún centro de menores tramitaría en el máximo plazo legalmente estipulado (9 meses) la documentación que reconoce que Abdoulah existe y que está en suelo español. Pero no pasa. Y cuando pasa se celebra, porque sucede en tan pocas ocasiones…


Si Melilla fuera Europa empadronarse sería un trámite tan sencillo como lo es en el resto de territorios, y abrirían la puerta a derechos fundamentales. No sumaría un listado interminable de vecinos de corta y larga estancia sin “existencia legal” y por tanto, sin escolarización o derecho a la atención sanitaria, muchos de ellos sin hogar, viviendo en sus calles, sin futuro y mirando de reojo, mientras el tamaño del cuerpo lo permita, el risky como única escapatoria posible.


Risky: Del inglés, “riesgo”. Todo intento de los niños procedentes de Marruecos y que viven en la calle (autodenominados “Harragas” de llegar a la península escondidos, de múltiples maneras, en el interior las embarcaciones que unen ambas orillas.

En otras zonas fronterizas recibe otros nombres, como game, en Bosnia, pero siempre entraña el mismo peligro.


Foto de Mae Bachir


Abdoulah perdió la vida intentando ganar una mejor.


Hacía risky junto a otro compañero. Saltaron desde un “edificio-metáfora”, los juzgados de la ciudad autónoma hacia el puerto donde estaba atracado el ferry Melilla-Málaga que partiría de allí a las 23:45 de la noche, como el carruaje de Cenicienta.


Como cada atardecer, se esconden. Saben esperar. Han mirado horas eternas cada embarcación y su ritual, dentro y fuera y del puerto. En la contemplación, a veces ensimismada, es inevitable hacer un juego de espejos mental con los pasajeros que, clase media, maleta en una mano, teléfono distraído en la otra, trivializan el acto de pasar los controles de seguridad en una rutina que desvaloriza su peso. Sólo han nacido en lados distintos de la misma frontera, podría darse el caso de que sólo separados por unos metros, y sin embargo, la clasificación que otorgan sus documentos identificativos, determina los derechos humanos a los que cada uno “debe poder aspirar”.

No sabemos si Abdoulah tenía miedo o si lo había vencido a base de repeticiones marcadas por la euforia colectiva, si le preocupaba crecer y agotar sus posibilidades de camuflaje por caber peor en los posibles escondites, si ya había logrado sin éxito entrar furtivamente en algún barco rumbo a la península por otras vías, dentro de algún camión de chatarra (aguantando su prensado con los pies), agazapado en los bajos de algún camión... Y cómo digería la sensación de ser expulsado por la policía al ser encontrado en su escondite.

La entrada en el ferry ,aunque sólo sea de uno sólo de ellos, es una victoria colectiva, la certeza de que la esperanza no es hueca y que es posible alcanzar suelo peninsular, por más duro que esa nueva etapa sea.


Esta vez el intento es mitad vuelo-mitad nado: Saltar al mar. Espera en el agua, fría y nerviosa a la espera del momento ideal para entrar al puerto e intentar trepar dentro del ferry . Esconderse en una zona segura de controles. Son pocas. Son inseguras…


No llegó a suceder. Solo ellos saben qué sucedió, en qué orden y con cuánta angustia.



Lo comunicado hasta la fecha oficialmente es que, a Abdoulah le golpeó accidentalmente la cabeza una embarcación menor que entraba en la dársena, que eso provocó su desvanecimiento y, a partir de ahí, posiblemente su ahogamiento. El caso aun está investigándose por la policía judicial. Por su parte, y a la luz de las versiones contradictorias entre los compañeros de Abdoulah y las autoridades, la sección en Nador de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos ha pedido que se abra una investigación sobre las causas del fallecimiento de Abdoulah.


Importa esclarecer cómo. Un niño no debe morir. Nadie así.

El dolor en su cuerpo y su modo de ser sacado del agua, ya como cadáver.

La angustia de su compañero de nado,

incapaces de ser creíbles al pedir auxilio,

lastimosamente confiables al comunicar a la familia de Abdoulah lo sucedido.

Y de preocuparse por su repatriación.


El fallecimiento de Abdoulah no es una muerte fortuita, es una injusta muerte más.

No sabemos de cuantas. Es difícil contabilizar cifras entre “números invisibles” y los múltiples rastros de rostros infantiles que se pierden.


Abdoulah no ha elegido morir, arriesgó para vivir.


La suya no es una muerte accidental más, sino la consecuencia de una legislación que, entre continuas trabas legales, hace realmente imposible para los menores extranjeros no acompañados lograr la documentación que les permita salir de Melilla hacia otros territorios legalmente. Por eso, aupados por la esperanza, la desesperación y en ocasiones por drogas que le hagan olvidar su miedo, encuentran en la peligrosa práctica del “risky” la única fórmula para intentarlo.


En contadas ocasiones lo logran.

En multitud de ocasiones resultan heridos.

El niño Abdoulah ha pagado el intento con su vida.

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