Hay algo peor que ser un niño en situación irregular en Melilla. Ser una niña.

11 de Octubre, día de la Niña.


Aumenta el número de niñas y jóvenes migrantes que llegan solas a territorio español. Caminan en solitario, y la ausencia de adultos de referencia cercanos o figuras de protección las convierte en personas altamente vulnerables.


¿Qué hace una niña sola en Melilla?


Cuando las niñas llegan a Melilla, son trasladadas a los centros de menores de la ciudad. En ellos, comparten espacio con más de 80 niños y niñas, por lo que es difícil que, sin una extensa red de profesionales o recursos especializados, se pueda realizar un acompañamiento individualizado, a través de los cuales puedan establecer un vínculos de confianza con cada menor.


¿Qué hace una joven sola en Melilla al cumplir los 18 años?


Como sucede con cualquier joven, al cumplir los 18 años de edad, estas jóvenes se ven obligadas a salir de los centros de menores que habitaban y quedan en situación de calle, en multitud de ocasiones sin su documentación en regla y, a falta de padrón, sin acceso a atención sanitaria, educación, o forma de sustento legal. La falta de permiso de trabajo, sumado al racismo institucional y la xenofobia tan presente en el lugar les obliga a convertirse de repente en adultas sin más red de apoyo que las propias amigas y compañeras en la misma situación.


¿Qué se puede elegir donde no se puede elegir?


¿Qué opciones de vida les quedan en este momento? No hay un gran margen de elección: Realizar trabajos domésticos precarios, prostituirse, ya sea en solitario o en redes de explotación sexual, o terminar por acceder a matrimonios indirectamente forzosos, ya que, muchas acaban por deducir que solo casándose podrán ser “legales”.


La angustia por lograr una situación regular en el país es constante: Tengamos en cuenta que tener documentación en regla se traduce en “existir en España” y por lo tanto, en que puedan ser denunciables los abusos de los que son víctimas habituales, en todo tipo de contextos. Recordemos que sólo con una documentación en regla es posible poder trabajar de manera legal y sobre todo controlada, sin asumir con total desprotección situaciones de vulneración de los derechos humanos, sin que la violencia silenciosa se haga dueña de sus vidas.


La sororidad que nos une


Ante esta situación, las activistas de Solidary Wheels y No Name Kitchen en terreno, llevamos a cabo una intervención social basada fundamentalmente en dar apoyo humanitario y tejer redes humanas de confianza con las jóvenes en esta situación, algo que además de buscar otros objetivos que nos parecen esenciales, nos permite poder actuar como agentes de prevención en caso de detectar que algunos de sus derechos fundamentales están siendo vulnerados.


Para ello, las compañeras (en femenino) del equipo de Solidary Wheels y No Name Kitchen en Melilla nos reunimos con las jóvenes al menos dos veces por semana. En principio la propuesta pasa por disfrutar de planes sencillos como compartir la tarde y realizar actividades, frecuentemente propuestas por ellas mismas, como clases de español, paseos, dinámicas, visitar la playa o hacer deporte. Con el paso del tiempo y la según va naciendo la confianza, aprovechamos los momentos de encuentro para que nuestra abogada en terreno pueda brindarles su asesoramiento jurídico.


Creemos que estar presentes en sus vidas de manera continuada, y no puntual, nos permite acompañarles en el difícil tránsito a la vida adulta en el que se encuentran e intentar aliviar su sentimiento de soledad y desarraigo. Nos parece además de especial importancia compartir juntas las etapas del duelo migratorio, apoyarles en la compleja gestión emocional de todas las situaciones estresantes por la que pasan y “sembrarnos juntas” argumentos de empoderamiento que nos ayuden a todas, a ellas y a nosotras, a vivir en libertad.


Cada día que pasa y sentimos que la ternura y el apoyo “nos teje” y nos acerca con más cariño, somos más y más conscientes del valor de la sororidad, y de las pequeñas intervenciones como aquellas capaces de lograr enormes transformaciones sociales, y vitales.


Por Anna Peñarroya y Ana Gragera

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